Cuenta Charles Nodier, el famoso escritor francés del XIX, que, como director de la biblioteca del Arsenal, en París, su mayor preocupación era la de mantener los libros a salvo de los ladrones. Antes de su nombramiento, una legión de cacos había trasvasado, con discreción, muchos valiosos volúmenes de los anaqueles de la biblioteca a los chiringuitos de los libreros de la Rive Gauche. Nodier tomó cartas en el asunto y colocó a tres gendarmes con pinta de eruditos en las galerías más esquilmadas. Pronto se dio caza a los rateros de biblioteca y Nodier y los gendarmes pudieron sumergirse en apacibles lecturas. Un día de agosto (puede que de 1826), la tranquilidad se vio alterada por el aviso de uno de los vigilantes: había sorprendido a un tipo sospechoso que –cosa rara– no estaba sustrayendo libro alguno, sino colocando en un estante, de tapadillo, un volumen que había metido en la biblioteca escondido bajo la chaqueta. Nodier preguntó el motivo de tan generosa acción al detenido, un tipo chiquitajo y amarillento que no decía ni pío. El hombrecillo, cada vez más nervioso, cosiguió liberarse y, según palabras del ilustre bibliotecario, “salió volando por una ventana que estaba abierta a causa del calor y se perdió entre las nubes que anunciaban tormenta”. Nodier solicitó que se le mostrara el libro que el enano había intentado donar clandestinamente. Como puedes suponer, amigo lector, es éste que ahora sostienes.
He traducido “La poule mort-vivante”, como “La gallina zombi” para aportar una pizca de actualidad a este viejo álbum que llegó a mis manos –junto a una mandarina casi fósil que Napoleón llevó en Waterloo y que no se comió con el disgusto– por una serie de carambolas familiares que no vienen al caso. He contado para la edición con el consejo de autorizados expertos en la materia, que afirman que se conservan al menos tres ejemplares más de La gallina zombi. Me aseguran que se notan diferentes manos en la autoría de los grabados, como si varios artistas hubieran trabajado sobre las mismas planchas. Esta sería la causa de que pueda parecer, en algún momento, que este libro es más un collage moderno que la obra auténtica, antigua y absolutamente inclasificable que de hecho es.
